Masculinidad hegemónica:
Sus integrantes se caracterizan por
ser personas importantes, independientes, autónomas, activas, productivas, heterosexuales, y a nivel familiar, proveedoras y con un amplio control sobre sus
emociones.*
Masculinidad subordinada:
En este caso, algún o algunos rasgos de la masculinidad dominante están
ausentes; se trata de hombres que no
son tan fuertes, cuya capacidad económica no es grande, no comparten rasgos
como el autocontrol emocional, pertenecen a una minoría, y no se identifican
con el estereotipo o prototipo masculino
hegemónico.
Masculinidades alternas:
Algunos hombres, al analizar las
masculinidades anteriormente señaladas, han llegado a la conclusión de que
no desean ejercer ninguna de ellas; que,
por el contario, están dispuestos a analizar y elegir otras conductas, características y actitudes nuevas. De ahí que
actualmente haya hombres que toman lo
bueno de una y otra forma, obteniendo la
posibilidad de elegir cómo relacionarse
con otros; reconociendo que la relación
no debe ser necesariamente violenta
ni implicar atracción sexual; respetar el
derecho a definir la preferencia sexual;
asumir que los hombres tienen derecho
a experimentar los mismos sentimientos
que las mujeres y de igual forma evaluar
positivamente la amistad entre hombres.
El machismo:
Este término incluye una serie de
comportamientos estereotipados de supremacía masculina, de dominio y control, cuyas manifestaciones son diversas
y tienen impacto diferenciado en las personas a quienes se dirige. Pueden ser
sutiles, como sugerir la comida o vestimenta para alguien, o extremos, como
forzar a otra persona —a través de algún
tipo de violencia— a realizar conductas
no deseadas justificando de cualquier
forma la agresión.
Micromachismos:
Son mecanismos sutiles de dominación, ejercidos por los hombres hacia las
mujeres.
Se caracterizan por no ser abiertamente violentos e incluso pueden ser advertidos como aceptables y esperados;
por ejemplo, no consensuar o tomar en
cuenta a la pareja en las decisiones que
impliquen a ambos o descalificar sus opiniones.
Una manera sofisticada y socialmente
aceptada es la falsa “caballerosidad”.
Sin embargo, al ser la masculinidad
construida y además socialmente aprendida, entonces es posible modificarla, a
través del autorreconocimiento individual,
por la exploración física y emocional, así
como al permitirse vivir plenamente las
emociones y los sentimientos.
Replantear formas distintas de relacionarnos con las y los otros implica asumir obligaciones y cumplirlas, sin embargo,
a veces es necesario el apoyo profesional
para lograr estos cambios.
Masculinidad y violencia:
La tríada de la violencia.
La violencia que ejercen los hombres
tiene una triple vertiente, ya que pueden
desplegarla contra las mujeres, contra
otros hombres e incluso contra ellos
mismos.
La violencia contra las mujeres ha sido
legitimada a través de la supuesta supremacía de lo masculino frente a lo femenino, que se ha expresado en la distribución
inequitativa de los espacios, las dobles y
triples jornadas de trabajo, la falta de oportunidades, el hostigamiento, etcétera.
Respecto de la violencia hacia otros
hombres es posible decir que con ella se
justifica un estatus o nivel de poder; maltratar a quienes son más débiles o por
alguna circunstancia no pueden o quieren defenderse, apoyando la idea errónea de que hay hombres que pueden
doblegar no sólo a las mujeres, sino que
también pueden mostrar “más virilidad al
abusar de otros hombres”.
La violencia autoinfligida es otra manifestación de los problemas de poder, ya que el descuido, la negligencia, mostrar
a otros que se es más fuerte, que no se
teme al dolor o la enfermedad, ha sido un
signo característico de algunos hombres
que siguen roles estereotipados.
En el campo de la salud, por ejemplo, ser hombre tiene implicaciones en
la percepción de los síntomas de enfermedad, en el momento de búsqueda de
atención médica, o en la manera en que
se asume o no el papel de enfermo y/o
de cuidador, etcétera, empujándolos a
exponerse a mayores posibilidades de
riesgo, a que se agrave su enfermedad
o a sufrir un accidente.
Masculinidades y paternidad:
En muchas sociedades ser padre es
una forma de lograr afianzar la masculinidad.
La paternidad es una construcción
sociocultural y, por tanto, está influida
por la formación de la identidad genérica; no es sólo la reproducción biológica,
sino lo que se hace con los productos de
esa reproducción lo que determina las
diferentes prácticas sociales que integran las funciones y responsabilidades
con los hijos e hijas.
Un reto en este renglón es rebasar
la idea del valor diferenciado entre hijos
e hijas, ya que durante mucho tiempo el
nacimiento de un niño ha sido sobrevalorado, mientras que no ocurre así con
el nacimiento de una niña, generando
desde ese momento una actitud discriminatoria